Etz Jaim

Etz Jaim

HISTORIA JUDÍA
Esta sección está construída fundamentalmente sobre la obra de Simon Dubnow “Manual de la Historia Judía”. Cuando se incorporen textos de otros autores se indicará debidamente.
ANTIGÜEDAD (Siglo XX A.E.C. a Siglo VII E.C.)

Comprobaciones científicas.-
Los descubrimientos científicos de los últimos tiempos arrojan luz sobre la situación de los pueblos de Canaán en la época en que el país fue conquistado por los hebreos. En 1887 fueron encontradas en las excavaciones de Tel-el-Amarna, Egipto, numerosas tablas con inscripciones que resultaron ser cartas de los reyezuelos palestinenses dirigidas a los Faraones egipcios. De estas cartas, que corresponden a los siglos XV y XIV A.E.C., puede inferirse que en aquel entonces los reyes cananeos se hallaban bajo la tutela de los Faraones, pues expresan en ellas su lealtad a éstos y solicitan su ayuda contra los vecinos enemigos o los intrusos nómades. Uno de eos reyes, Abdi-Jiba, de Jerusalén, informa al Faraón que una tribu nómada que lleva el nombre de “Habiri” penetró en Canaán y amenaza dominar el país, y se queja el rey deque los egipcios no le manden ayuda (unos 1400 años a.e.c.). Con la palabra “Habiri”, a juzgar por las pruebas, se alude a los hebreos. A través de estos testimonios se perciben ecos de la grandiosa migración de pueblos que tuvo lugar en Canaán entre los siglos XV y XIII antes de la era común. En el curso de esos dos siglos el predominio de Egipto en Palestina ora se fortificaba , ora se debilitaba, hasta que finalmente desapareció del todo. En Canaán tuvieron lugar infinidad de guerras entre los pueblos regionales; los más numerosos, como ser los heteos y los amoreos, que son recordados en las inscripciones egipcias, aspiraban a fortificar allí su hegemonía sobre los pueblos más pequeños. Y fue en aquel entonces cuando penetraron en el país, por el lado del desierto, los “Habiri”nómadas. El grupo de los “Habiri” incluía no solamente a los hebreos, sino también a sus tribus emparentadas de la rama hebraica de raza semita (Moab, Edom). Mas, poco a poco, los hebreos se destacaron de entre aquel grupo general y realizaron sus conquistas independientemente. Las reyertas intestinas que reinaban entre los reyes de Canaán facilitaron a los israelitas la conquista del país, la que se llevó a cabo lentamente. En un principio los hebreos sólo se adueñaron de algunas zonas del territorio y, en muchos sitios, vivieron mezclados con los aborígenes. Lo mismo que sus vecinos, los israelitas se dividían en pequeñas tribus independientes, las que sólo se constituyeron en pueblo en una época posterior.

CAPÍTULO V.- LA EPOCA DE LOS JUECES (Siglos XII-XI antes de la era común)

Reseña histórica.- Un solo anhelo vinculaba a los hebreos en el momento de penetrar en Canaán: conquistar el país. Todas las tribus lucharon juntas bajo la dirección de Josué, ocupando un trozo de tierra tras otro. Una vez dominad una gran parte del territorio, éste fue distribuido entre las tribus; las pastoriles se retiraron a sus propiedades y las demás se ocuparon cada cual en construir las suyas. El jefe, Josué, murió, sin dejar sucesor que uniese a todos los hebreos bajo su mando, por lo que el pueblo se disgregó en fracciones. La propiedad rural de cada tribu vino a ser algo así como un pequeño Estado. Este desmenuzamiento del pueblo hebreo fue aprovechado tanto por las naciones fronterizas como por las que, no habiendo sido vencidas en tiempos de Josué, seguían viviendo en sus ciudades, en medio de los israelitas. Edom, Moab y Amón señorearon sucesivamente sobre los hebreos; de cuando en cuando atacaban ya a una tribu , ya a otra, las subyugaban y les imponían tributos. Pero de vez en vez se levantaba en una u otra tribu algún jefe que congregaba en torno suyo a huestes provenientes de varias tribus, salía a luchar contra los extranjeros y libertaba a su pueblo del yugo extraño. Estos jefes se llamaban Jueces. A veces el Juez gobernaba a varias tribus unidas, pero ningún Juez logró reunir bajo su dominio a todo su pueblo. Después de la muerte de unos de esos Jueces, volvían a disgregarse las tribus que gobernaba, las que tornaban a caer bajo el yugo extranjero, hasta que aparecía un nuevo Juez libertador. Así siguieron las cosas durante unos doscientos años. Hablando de esa época dice la Biblia: “En aquellos días no había rey en Israel y cada cual hacía lo que le placía”. No existía unidad en el pueblo hebreo, ni en el gobierno ni en la religión. El monoteísmo y la moral mosaica no habían penetrado aún profundamente en el corazón del pueblo. En tales condiciones, las tribus idólatras que vivían en vecindad con los israelitas ejercieron una influencia nefasta sobre éstos. A pesar de la antigua prohibición, los judíos se emparentaban frecuentemente con los demás habitantes de Canaán. Esta convivencia con los pueblos extraños trajo como consecuencia que los hebreos adoptaran las costumbres y modalidades de los idólatras. Adoraban a los dioses cananeos, erigían altares en las cumbres de las montañas, ofreciendo allí holocaustos a sus deidades. Tenían también dioses domésticos, considerados como protectores de la familia. El Tabernáculo de Silo era poco frecuentado; sólo acudían a él contados servidores del D’s único. Fue aquella la época juvenil del pueblo hebreo. Joven aún, éste quedó deslumbrado por las creencias infantiles comunes a todas las naciones en formación. Pero, no obstante este deslumbramiento de su espíritu, los judíos no podían confundirse enteramente con los pueblos que los rodeaban. En la memoria del pueblo persistían aún recuerdos sobre su pasado glorioso, sobre sus patriarcas piadosos, sobre la servidumbre en Egipto y el otorgamiento de la Ley en el Sinaí. Las historias de estos sucesos pasaban de padres a hijos y preservaban el espíritu del pueblo en los tiempos difíciles. Los levitas y sacerdotes que servían en el Tabernáculo de Silo eran los guardianes de las antiguas tradiciones religiosas. El credo que ellos heredaron no había desaparecido, sino que yacía escondido bajo una capa de idolatría. Esta religión debía desarrollarse en tiempos ulteriores.

Los primeros Jueces.- Después de la muerte de Josué, el pueblo judío, cansado de largos años de guerra, anhelaba la calma y la paz. Mas los pueblos belicosos que moraban en las fronteras de Canaán no lo dejaban disfrutar del sosiego, pues hacían frecuentes incursiones en sus posesiones. Primeramente penetraron en Canaán los arameos( sirios) del norte y subyugaron a los israelitas por espacio de ocho años. Entonces levantóse Othoniel, jefe de la tribu de Judá y, con la ayuda de un pequeño contingente, ahuyentó a las guarniciones arameas distribuidas en las ciudades hebreas. Estimulados por este hecho, los israelitas empezaron a congregarse en grandes masas bajo el estandarte del héroe de Judá. Entonces Othoniel penetró con un gran ejército en Siria, batió al enemigo, mató a su rey y libertó al pueblo hebreo del yugo extraño. Una parte de los israelitas reconoció a Othoniel, durante cuarenta años, como Juez y Jefe. Después de la muerte de Othoniel, los israelitas volvieron a quedar privados de jefe. La numerosa tribu de Judá se encerró en su fortificada y montañosa posesión, al sur de Canaán, separándose del resto de las tribus. Viendo las naciones de los contornos que no existía unidad entre los judíos, volvieron de nuevo a molestarlos. Los moabitas cruzaron el Jordán, ocuparon la ciudad de Jericó y otras posesiones de la tribu de Benjamín. Mucho tiempo soportaron los benjaminitas el yugo de los moabitas, pagando tributos a su despiadado rey Eglón, pero finalmente apareció en la tribu de Benjamín un héroe, el Juez Aod, quien, con el pretexto de entregarle a Eglón unos regalos de parte de los hebreos, visitó a aquel, y una vez en su presencia lo ultimó con su espada. Luego reunió un numeroso ejército y mató a todos los moabitas de Jericó, expulsándolos asimismo de las demás zonas del territorio judío.

La profetisa Débora.– Mientras que las tribus belicosas del sur (Judá y Benjamín) se habían asegurado contra los ataques de los extranjeros, las del norte (Neftalí, Zabulón, Isajar, Aser) tuvieron que luchar constantemente contra los ocupantes del país. La parte septentrional de Canaán no había sido dominada enteramente por Josué, y muchos cananeos quedaron en sus ciudades, en medio de los israelitas. Estos pequeños pueblos odiaban a los hebreos, que habían conquistado parte de sus tierras, y aprovechaban toda ocasión para vengarse de sus vencedores. El rey Jabón se puso al frente de aquellos pueblos y durante muchos años subyugó duramente a las tribus de Neftalí y Zabulón. Su general Sísara, que disponía de un ejército numeroso y de abundantes carros de hierro, tenía aterrorizada a la población hebraica. Muchos judíos de las tribus septentrionales huían de la presión del enemigo hacia el país de la tribu de Efraín. En aquel entonces vivía en el monte de Efraín una inteligente mujer llamada Débora. Era profetisa. Muchos acudían a pedirle consejo y justicia. Sentada bajo una palmera, enseñaba y juzgaba al pueblo. Cuando Débora supo, por los fugitivos del norte, de las penurias que sus hermanos soportaban de parte de Sísara, comenzó a incitar al pueblo a una lucha unida contra los opresores. Llamó luego al rey Barac, de la tribu de Neptalí, y le ordenó que se pusiera al frente de las fuerzas hebreas y saliera a guerrear con Sísara. Reunió Barac un ejército de diez mil hombres entre las tribus de Neftalí, Zabulón y otras y partió hacia el monte Tabor. Cuando Sísara fue informado de que los judíos se habían armado, reunió toda la caballería y se dirigió al río Cison, cerca del monte Carmelo, donde tuvo lugar una batalla decisiva. El ejército de Sísara, con sus pesados carros herrados, no podía moverse libremente en la región montañosa, mientras que la ágil infantería hebrea le asestaba golpe tras golpe. El resultado fue que el enemigo quedó totalmente batido. Sísara huyó a pie y se refugió en la tienda de Jael, mujer del jefe de la tribu Cineo, amiga de los israelitas. Jael recibió a Sísara con fingida amabilidad, le dio de beber leche y le aconsejó que se recostara. Y cuando se hubo dormido, tomó una estaca de la tienda y a mazazos se la hundió en las sienes. De esta manera se libraron las tribus norteñas del yugo que las oprimía.

Gedeón.- Después de algunas décadas desosiego, volvió para los israelitas una era de dificultades. Las tribus errantes que moraban en las cercanías de los límites de Canaán hacían incursiones en el país y despojaban a sus habitantes. Los madianitas del este y los semisalvajes amalecitas del sur “venían como langostas” sobre las posesiones judaicas. Penetraban en ellas en la época de la siega, atravesaban el territorio con sus camellos y levantaban sus tiendas en los sitios habitados por los agricultores. Allí donde llegaban, devastaban las sementeras, se apoderaban del ganado, se lo llevaban y causaban la ruina de los habitantes pacíficos. Los israelitas debían esconder sus bienes en las cuevas y en las hendiduras de las montañas, y a causa de estos hechos perdieron totalmente el ánimo. Vivía en aquellos días en Ofra, ciudad situada al oeste de las posesiones de la tribu de Manasé, un varón llamado Gedeón, agricultor pacífico que poseía, no obstante, el valor de un guerrero.. Habiendo los madianitas asesinado a sus hermanos mayores, inflamóse en Gedeón el deseo de vengarse de los malhechores y de libertar a su pueblo. Una noche – cuenta la Biblia – mientras Gedeón molía quedamente trigo en el lagar, para esconderlo de los madianitas, se le apareció un ángel que le dijo: “Ve y salva a los israelitas de manos de los madianitas; Adonai te envía”. Entusiasmado Gedeón, destruyó el altar de Baal, que pertenecía a su padre, Joas, y erigió en lugar suyo un altar a Adonai. Poco después exhortó Gedeón al pueblo a defender la patria. A su llamado respondieron millares de guerreros de las tribus de Zabulón, Manasés, Aser y Neptalí. Las fuerzas madianitas acampaban en el valle de Jezreel, cuyas tierras habían devastado. Gedeón resolvió atacarlas por sorpresa. Mandó pregonar en sus filas: “¡El que teme y se estremece, que vuelva a su hogar!”. En torno de Gedeón sólo quedaron trescientos guerreros. Por la noche, tomaron éstos trompetas y antorchas, que ocultaron dentro de cántaros, y se arrojaron repentinamente sobre el campo enemigo, entregado al sueño, lanzaron las antorchas y se pusieron a tocar las bocinas, gritando: “¡La espada de Adonai y de Gedeón!”. Los madianitas, sorprendidos por el alboroto de los cuernos y el resplandor de las llamas, huyeron, siendo seguidos y aniquilados por los israelitas. Gedeón envió entonces emisarios a todas las tribus ordenándoles dar caza a los fugitivos. La poderosa tribu de Efraín se plegó también a la guerra y aprisionó a los jefes de los madianitas. Gedeón no se contentó con ahuyentar al enemigo del territorio hebreo, sino que cruzó con sus tropas el Jordán e invadió las tierras madianitas. Allí tomó prisioneros a dos reyes madianitas, Zeba y Zalmuna, a quienes mandó matar porque ellos habían muerto a sus hermanos. Este brillante triunfo extendió la fama de Gedeón entre el pueblo. Comprendieron los israelitas que serían fuertes siempre que tuviesen jefes y gobernantes como Gedeón, por lo que los jefes de las tribus más importantes reconocieron a aquél como Juez suyo. Le propusieron que se coronase como rey hebreo, mas el humilde jefe les replicó: “No seré señor sobre vosotros, ni mi hijo os señoreará. Adonai será vuestro señor”.

Abimelej.-Murió Gedeón a una edad avanzada, dejando numerosos hijos y mujeres. Entre ellos había uno, nacido de una criada originaria de Sijem. Este hijo, llamado Abimelej, era muy vanidoso y aspiraba a obtener la dignidad real que su padre había rechazado. Mató con la ayuda de sus amigos a todos sus hermanos, excepto uno, el más joven, Jotham, que logró escaparse. Los habitantes de Sijem reconocieron como rey a Abimelej. Al saberlo Jotham, subióse a la cumbre del monte Gezirim y desde allí contó al pueblo una espléndida fábula en la que comparó la nobleza de Gedeón, que había rehusado el título real, con la ambición de Abimelej, que lo había conquistado por medio de crímenes y maldades. Mas no duró mucho el reinado del cruel Abimelej. A los tres años, los habitantes de Sijem, disconformes con su gobierno, se sublevaron contra él y lo expulsaron de la ciudad. Se inició entonces una sangrienta guerra fraterna. Abimelej libró una batalla con los rebeldes, en las cercanías de Sijem, venciéndolos. Penetró en su propia ciudad como en una plaza conquistada, asolándola y exterminando a sus moradores. Unos mil hombres y mujeres se refugiaron en la torre de la ciudad, la que fue incendiada por Abimelej, pereciendo todos los que en ella se encontraban. Luego las hordas de Abimelej sitiaron la ciudad de Thebes, cuyos habitantes se habían rebelado también, reugiándose en su fortaleza. Desde allí una mujer le arrojó a Abimelej un pedazo de una rueda de molino, rompiéndole el cráneo. Abimelej llamó entonces a su escudero y le dijo: “Saca tu espada y mátame, para que no se diga de mi: Una mujer lo mató”. El escudero dio cumplimiento a la orden y murió Abimelej. En esta forma terminó la primera tentativa de implantar la realeza entre las tribus hebreas, no acostumbradas a la autoridad.

Jefté.- Las tribus pastoriles que vivían al este del Jordán solían tener frecuentes choques con el vecino pueblo de Amón. Este, dueño en un tiempo de toda Galaad, miraba a los israelitas como a usurpadores y trataba de recuperar los territorios que los hebreos habían ocupado en la época del rey amoreo Sijón. Llegó un día en que los amonitas se tornaron tan poderosos, que no sólo subyugaron a los judíos de Galaad, sino que hasta se atrevieron a cruzar el Jordán y atacar a las tribus del interior de Canaán. Entonces se reunieron los jefes de Galaad y decidieron hacer la guerra a sus opresores, designando como capitán suyo a Jefté. Jefté, hijo de cierto Galaad, que residía en la zona del mismo nombre y que tenía hijos de otras mujeres, había sido expulsado por sus hermanos del hogar paterno y despojado de su parte de herencia. El ofendido Jefté se refugió en las llanuras cercanas y se convirtió en el jefe de una banda de ociosos. Cuando los amonitas empezaron a oprimir demasiado a los hebreos, los ancianos de Galaad fueron a verlo a Jefté para pedirle que los llevase a luchar contra ese enemigo. Mas Jefté les replicó: “¿No me habéis aborrecido y me echasteis de la casa de mi padre? ¿Por qué venís ahora a mí cuando estáis en aflicción?”. Sin embargo, ante la insistencia de los ancianos, cedió y asumió la dirección de las fuerzas hebreas. Ante todo, envió embajadores al rey de los amonitas exigiendo que retirase sus tropas de Galaad. Empero, aquél se negó a hacerlo, sosteniendo que esas tierras pertenecían a los amonitas antes aun de que fueran ocupadas por los israelitas salidos de Egipto. Entonces Jefté emprendió la lucha. Atacó con sus huestes valerosas a los amonitas, venciéndolos. Estos fueron expulsados de Galaad y ya no tuvieron el atrevimiento de hostigar a los hebreos. Jefté, victorioso, entró en su ciudad natal Mizpa- Galaad, siendo reconocido como príncipe y Juez por sus coterráneos. A este triunfo ha quedado ligado en la memoria del pueblo un suceso trágico. Refiere la Biblia que antes de atacar al enemigo, Jefté había prometido a Adonai de que, si entregara en sus manos al adversario, ofrendaría , a su regreso al hogar, en calidad de holocausto, al primero que saliere a su encuentro de su casa. A su regreso, salió a recibirle su hija única, doncella hermosa, la que con panderos y danzas fue al encuentro de su padre victorioso. Al divisarla Jefté, exclamó desesperado: “¡Ay, hija mía, en verdad me has abatido y eres de los que me afligen. Porque yo he abierto mi boca a Adonai y no podré retractarme!”. Y ella le respondió: “Padre mío, si has abierto tu boca a Adonai, haz de mí como salió de tu boca, pues que Adonai ha hecho venganza de tus enemigos, los hijos de Amón. Sólo he de pedirte que me dejes por dos meses que vaya y descienda por los montes y llore mi virginidad, yo y mis compañeras”. Jefté accedió y su hija vivió dos meses entre las montañas, despidiéndose de su vida en flor. Luego regresó al hogar paterno, y su progenitor cumplió la promesa que hiciera. Desde entonces se hizo costumbre en Israel que las jóvenes doncellas fueran todos los años entre las montañas a endechar durante cuatro días a la hija de Jefté.

Sansón.- Poco después un nuevo enemigo terrible empezó a oprimir a los hebreos. Eran los filisteos, que se establecieron en el noroeste de Canaán, en Gaza, Escalón yotras ciudades próximas al mar. La tribu de Dan, que vivía en vecindad con los filisteos, carecía de poder para resistirlos. Un héroe que se vengó, el sólo, contra los enemigos de su pueblo fue Sansón, de la tribu de Dan. Sus piadosos padres lo habían consagrado en su infancia a ser asceta de D’s, en señal de lo cual no se cortaba el cabello. Ya en su infancia había demostrado poseer una fuerza extraordinaria. Eligió Sansón una novia entre los filisteos; un día, al ir a visitarla en la ciudad en que ella residía, se topó con un cachorro de león que quiso destrozarlo, pero Sansón agarró al león y lo rompió en dos, cual si fuese un cabrito. Poco después hizo sentir su fuerza extraordinaria a los enemigos de su pueblo. Un día, Sansón cazó trescientos zorros en Escalón, ató teas ardientes en sus colas y los soltó por los campos de los filisteos en la época de la siega, quemándose todas las mieses. Sansón se escondió entre las montañas. Los enfurecidos filisteos atacaron a la vecina tribu de Judá, exigiendo la entrega de Sansón. Entonces los hombres de Judá, atemorizados, le dijeron a Sansón: “¿No sabes tú que los filisteos dominan sobre nosotros? ¿Por qué nos has hecho esto?. Te ataremos y te entregaremos en manos de ellos”. Lo ataron con cuerdas nuevas y lo sacaron de la peña donde se refugiaba. Pero cuando los filisteos se acercaron para llevárselo, el forcejeó, rompió las cuerdas y huyó. No teniendo armas, levantó en el camino una quijada de asno y mató con ella a todo filisteo que se le acercaba. Poco después Sansón pernoctaba en la ciudad filistea de Gaza. Al saberlo los habitantes, cerraron las puertas de la ciudad y resolvieron prender a la mañana siguiente al héroe. Sansón, empero, despertó a medianoche, y viendo que todas las puertas estaban cerradas, arrancó los portones junto con las columnas y los candados, llevándoselos a cuestas hasta la cima de la montaña. Las proezas de Sansón lo hicieron célebre entre todos los hebreos. Varias tribus lo eligieron como Juez suyo. Pero los filisteos buscaban la ocasión de eliminarlo. Llegaron a saber que Sansón amaba a una mujer filistea llamada Dalila. Y vinieron los príncipes filisteos a ver a esta mujer y le dijeron: “Averigua en que consiste la grande fuerza de Sansón y cómo se le puede vencer, y cada uno de nosotros te dará por eso mil y cien ciclos de plata”. Dalila insistió ante Sansón para que le revelara el secreto de su fuerza. Tras muchos ruegos le reveló Sansón que desde niño no se había cortado el cabello y que perdería su fuerza si llegaran a cortárselo. Dalila informó de esto a los príncipes filisteos e hizo dormir a Sansón y le cortó su larga cabellera. Sansón perdió entonces su fuerza hercúlea. Los filisteos le prendieron, le sacaron los ojos y atándolo con cadenas lo metieron en la cárcel, donde reobligaron a moler los cereales en el molino de piedra. Mucho tiempo estuvo el héroe hebreo encerrado en la prisión, pero entretanto le creció la cabellera y fue recobrando su fuerza. Un día, los príncipes filisteos, al celebrar una fiesta grandiosa en el templo de su dios Dagón, mandaron traer al ciego Sansón para que alegrase al pueblo allí congregado. Sansón fue conducido al templo de Dagón, repleto de gente. Sintiendo que la multitud se burlaba de él, el cautivo imploró quedamente: “Señor Adonai, acuérdate de mí y esfuérzame, te ruego, solamente esta vez para que tome venganza de los filisteos”. Y el héroe judío recobró toda su antigua fuerza. Asió con sus poderosos brazos las dos columnas centrales que sostenían el edificio y exclamó: “¡Muera yo con los filisteos!”. Se movieron las columnas y el templo se vino abajo, matando a mil filisteos juntamente con Sansón. Su cuerpo fue recogido por sus parientes, que le dieron sepultura en el sepulcro de su familia, en la posesión de la tribu de Dan.

Costumbres.- Por su régimen de vida y sus costumbres, los israelitas de la época de los Jueces se diferenciaban poco de los demás pueblos cananeos. Una parte del pueblo hebreo se dedicaba a la agricultura y otra a la ganadería. Los oficios manuales y el comercio no estaban difundidos aún. Los israelitas se hallaban por doquier en contacto con las demás naciones que vivían, ya sea en Canaán, ya en los confines, y cuyas costumbres y hasta formas rituales adoptaron para su uso. El sector del pueblo judío formado por la plebe no podía acostumbrarse a servir a un D’s invisible y adoraba con frecuencia los ídolos. Hasta el Juez Gedeón; que destruyó el altar de Baal, reunió todo el oro de la guerra contra Midian y fundió con él un “efod”, que colocó en su casa, y ante el cual el pueblo se prosternaba como ante un fetiche. Ocurría que hasta los levitas, servidores del D’s hebreo, adoraban las imágenes. Cierto Mijas, de la tribu de Efraín, construyó un templo, en el que colocó un gran ídolo de plata y pequeños dioses domésticos, para servir a los cuales puso a un levita joven. Allí acudían los crédulos y el falso sacerdote les predecía su suerte en nombre del oráculo. En aquel entonces, una parte de la tribu de Dan, subyugada por los filisteos, salió en busca de un nuevo territorio. Enviaron los danitas emisarios para reconocer cierta región en el norte. Los emisarios llegaron hasta el templo de Mijas para consultarle si tendrían éxito en su misión. El oráculo les contestó afirmativamente. Y así ocurrió por casualidad. Los hijos de Dan conquistaron la ciudad de Lais, en la frontera septentrional de Fenicia. Luego los danitas hurtaron el ídolo de Mijas y se lo llevaron como santuario a su nuevo territorio, donde edificaron para él un templo. Santuarios parecidos poseían también otras tribus israelitas. El Tabernáculo de Silo era visitado por escasos servidores leales del D’s hebreo. Por eso no existía unidad en el pueblo. La vinculación entre las tribus quedó debilitada, y a menudo tenían lugar entre ellas reyertas desdichadas, como la ocurrida entre la tribu de Benjamín y las restantes tribus aliadas, a raíz de la violación de una mujer. Después de esta guerra, en la que pereció parte de la tribu de Benjamín, se congregaron los israelitas en Beth-El y decidieron restaurar aquella tribu.

El Profeta Eli.- Los hombres mas nobles del pueblo hebreo trataban de fortificar en éste la fe verdadera y las buenas costumbres y preservarlo de la mezcla con los idólatras. Uno de ellos fue Eli, de la familia sacerdotal, Gran Sacerdote en el Tabernáculo de Silo. Durante cuarenta años administró a los hebreos en la parte central de Canaán, entre quienes ocupaba el primer sitio la tribu de Efraín. En su calidad de Sacerdote Mayor tuvo Eli la oportunidad de influir sobre los fieles que concurrían a rezar desde distintos puntos. Despertaba en ellos la fe en un D’s único y el desprecio por la idolatría, y a menudo los exhortaba y los bendecía para la lucha con los opresores extranjeros, sobre todo con los filisteos. Durante largo tiempo esta lucha se llevó a cabo con éxito para los israelitas, sin que los filisteos pudiesen reconquistarles sus tierras. Mas cuando Eli se volvió viejo y débil y tuvo que entregar el mando en mano de sus hijos, la situación empeoró. Sus hijos, Hofni y Pinjas, no poseían las cualidades de su padre. No cumplían su deber como sacerdotes del pueblo; sólo trataban de extraer la mayor cantidad de obsequios de los fieles, entregándose a los placeres y dando con su vida un mal ejemplo al populacho. En aquel entonces sobrevino para los israelitas una gran calamidad. Los filisteos atacaban con frecuencia cada vez mayor las tierras de Efraín. Las fuerzas de varias tribus aliadas resistieron al enemigo, cuyo campamento principal se hallaba en Afeka. Los ancianos del pueblo aconsejaron sacar el arca santa del Tabernáculo de Silo y conducirlo delante de los combatientes judíos, a fin de infundirles ánimo. Una vez traída el arca, los filisteos se asustaron, temerosos de que el santuario les acarrearía la derrota. Reunieron por eso todas sus fuerzas y lucharon con gran desesperación. El ejército hebreo fue batido por el enemigo, perdiendo en el campo de batalla treinta mil hombres, Entre los caídos figuraban los dos hijos de Eli, Hofni y Pinjas. Lo que causó muy mala impresión en el pueblo fue que los filisteos se apoderaron del arca santa. El anciano Eli, al ser informado de la derrota, cayó del sillón en que estaba sentado, muriendo en el acto. Entre tanto, los filisteos, estimulados por la victoria, penetraron mas adentro en el país y entraron en la ciudad santa de Silo, la que arrasaron, lo mismo que el Tabernáculo que existía allí desde los días de Josué. Desde entonces la ciudad efraimita de Silo dejó de ser el centro religiosos del pueblo hebreo y la tribu de Efraín perdió su hegemonía sobre las tribus restantes. La situación de los israelitas se tornó sumamente difícil. Los filisteos los oprimían, distribuyeron guarniciones en sus ciudades y prohibieron a los habitantes el empleo de armas. En aquellos tristes días en que el pueblo hebreo parecía totalmente desamparado, surgió en su seno un hombre entusiasta que infundió bríos a sus hermanos abatidos, exhortándolos a la lucha heroica por la liberación de la patria.

Samuel.- En los días en que Eli se encontraba todavía en el Tabernáculo de Silo, llegó una vez hasta allá una joven mujer que, ubicándose en un rincón, oró fervorosamente a Adonai. Se llamaba Ana y era esposa de un levita denominado Elcana, de la ciudad de Rama. Era estéril y rogó a Adonai que le favoreciera con un hijo, haciendo promesa de entregarlo al Tabernáculo para servir a D’s toda su vida. Al poco tiempo Ana dio a luz un varón, a quién le aplicó el nombre de Samuel. Cuando el niño fue destetado, la madre lo condujo al Tabernáculo de Silo y lo entregó a la tutela del sacerdote Eli. Samuel pasó su infancia en silo, sirvió en el Tabernáculo e hizo todos los menesteres que incumbían a los levitas, sobrepasando a sus compañeros por sus prendas espirituales. Conocía perfectamente las tradiciones sagradas de su pueblo y la ley de Moisés y soñaba con que el pueblo entero fuese abrazado por esa elevada doctrina. Le pareció a Samuel que a él precisamente le incumbía el papel de conducir a sus hermanos extraviados por el camino de la fe verdadera. Sentía en sí el espíritu de un profeta. Más de una vez, en el silencio de la noche, le pareció que veía visiones. Desde las estancias internas del Tabernáculo llegaba hasta él la voz de Adonai, que le anunciaba duras penalidades para el pueblo. Y Samuel llegó a ver con sus propios ojos esos sufrimientos: la derrota de los judíos en la guerra contra los filisteos, el apresamiento del Arca santa, la muerte del profeta Eli y la ruina de Silo. Con la destrucción del Tabernáculo de Silo quedó finiquitada la tarea levítica de Samuel, pero dio comienzo a su labor, mucho más amplia, de maestro y profeta. Recorría el país pronunciando discursos en los que exhortaba al pueblo a unirse. “Tornad con todo vuestro corazón a Adonai – decía – , alejaos de los dioses extranjeros, servid únicamente a nuestro D’s y entonces El os salvará de manos de los filisteos”. El pueblo prestó atención a sus palabras. Después de la muerte de Eli desempeñó Samuel el cargo de Juez sobre las tribus más importantes. Como el Tabernáculo de Silo estaba destruido, Samuel reunía al pueblo para servir a D’s en la ciudad de Mizpa, en la tribu de Benjamín. Informados los reyes filisteos de que los israelitas se congregaban en Mizpa, se dirigieron allí con un fuerte ejército. Los hebreos se sintieron atemorizados, pero Samuel los incitó a la lucha contra el enemigo y les infundió fe en Adonai. Entusiasmados por las palabras de Samuel, los hebreos salieron de Mizpa y atacaron valientemente al ejército enemigo, batiéndolo. Entonces los filisteos celebraron la paz con los judíos y les restituyeron las ciudades que les habían quitado. El Arca santa lo habían devuelto con anterioridad, pues, según relata la Biblia, les causaba muchos sinsabores: apenas había sido traída al país de los filisteos, se multiplicaron allí las enfermedades, por lo que los habitantes exigieron que se quitara lo antes posible el santuario del D’s hebreo, para aplacar así su ira. De esta manera cesaron por algún tiempo los disturbios y las guerras, y el pueblo, bajo la dirección de Samuel, empezó a vivir en paz. Residía Samuel en su ciudad natal, Rama, pero recorría también otras ciudades, donde el pueblo solía congregarse para servir a D’s. Después de la destrucción de Silo, no tenían los israelitas un templo común. Los sacerdotes y los levitas se dispersaron por todo el país. Un nieto de Eli, Ajitov, salvó una parte de los enseres del Tabernáculo de Silo y huyó con ellos a la ciudad de Nab, edificando allí un pequeño templo provisorio. El Arca santa devuelta por los filisteos permanecía en un templo de Kiriath-Iaarim. Existían también altares en Beth-El, Mizpa y Gilgal. Todos estos sitios, ubicados en las posesiones de la tribu de Benjamín o en sus fronteras, eran visitados anualmente por Samuel, quien instruía al pueblo congregado, impartía justicia, oficiaba el servicio religioso y ofrecía sacrificios sobre los altares, en compañía de los levitas. Además, preparaba a ciertos jóvenes para que instruyeran al pueblo en la fe pura. Estos maestros se llamaban “Hijos de profetas”, y en sus discursos exhortaban al pueblo a la restauración interna. Gracias a esta amplia labor de los maestros leales del pueblo, las tribus aisladas comenzaron a fusionarse poco a poco; empezaban a sentir que eran partes de un solo pueblo.

Elección de un rey.- Habiendo envejecido Samuel, los enemigos del exterior volvieron a amenazar a los hebreos. Los filisteos renovaron sus ataques contra las comarcas occidentales y los amonitas empezaron a intranquilizar a los israelitas en el lado oriental del Jordán. Fue entonces cuando maduró entre los judíos la idea de que no convenía carecer de un jefe y que era necesario elegir un rey que dirigiese al pueblo en sus guerras contra sus enemigos. Vinieron, pues, los ancianos de Israel a verlo a Samuel en Rama y le dijeron: “He aquí, tu has envejecido y tus hijos no van por tus caminos; por lo tanto, constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como todas las gentes”. El anciano profeta se mostró al principio sorprendido por este pedido. Estaba habituado a la idea de que los hebreos eran un pueblo escogido por D’s, que Adonai era su rey y que ellos debían diferenciarse en todo de las naciones restantes; y he aquí que le pedían un rey y pretendían ser iguales a los demás pueblos. Samuel previno a los ancianos de los inconvenientes que acarrearía para ellos el restablecimiento de la realeza, más de nada le valieron sus argumentos; los ancianos insistieron en que era necesario un rey que dirigiese a los israelitas en las guerras y pacificase el país. Y el profeta se sometió a la voluntad del pueblo. Se puso a buscar un hombre capaz de ser jefe en aquellos días difíciles, y poco después daba con él. Vivía a la sazón en la tribu de Benjamín un agricultor llamado Cis. Tenía un hijo, de nombre Saúl, joven, fuerte y heroico, impregnado de ardiente amor por su pueblo. Lo mismo que los demás miembros de su familia, Saúl araba la tierra y apacentaba el ganado. Un día se le extraviaron a Cis sus asnos y Saúl salió en su busca. Andando llegó hasta donde estaba Samuel para preguntarle si tendría suerte en su búsqueda. Durante su conversación con Samuel, se le ocurrió al profeta la idea de que este agricultor, fuerte en cuerpo y espíritu, era apto para ser el rey de los hebreos. “Pierde cuidado de los asnos que se te han perdido – le dijo Samuel al mozo -. Otro destino te aguarda en Israel”. Y el vidente ungió a Saúl como rey de los israelitas, despachándolo a su casa. Al llegar Saúl a su ciudad, se encontró con un grupo de jóvenes profetas entusiastas “y el espíritu de D’s lo arrebató y profetizó entre ellos” que había llegado el tiempo de libertar al pueblo del yugo extranjero. Poco después convocó Samuel una asamblea del pueblo en Mizpa con el fin de elegir un rey. La elección recayó casualmente en Saúl. Para conquistarse la confianza de todo el pueblo era preciso que Saúl realizase previamente alguna hazaña heroica en bien de la patria. Con tal fin se encaminó con una compañía de soldados a su propia ciudad, Gabaa, y empezó a hacer los preparativos para la guerra contra el enemigo exterior que oprimía a los israelitas por doquier.

La primera victoria.- En aquel entonces los amonitas oprimían fuertemente a los hebreos en el costado oriental del Jordán. Naas, rey de Amón, asedió la ciudad de Jabes, situada en Galaad. Los judíos allí residentes estaban dispuestos ya a rendirse a Naas y le pidieron que celebrara con ellos una alianza y que no los molestara, pero el soberano amonita les contestó despectivamente: “Con esta condición haré alianza con vosotros: que a cada uno de todos vosotros saque el ojo derecho y ponga esta afrenta sobre todo Israel”. Los atemorizados habitantes de Galaad enviaron inmediatamente emisarios a sus hermanos de allende el Jordán, solicitando su ayuda. El pueblo escuchó las palabras de los emisarios y lloró en alta voz. Cuando Saúl regresó del campo, preguntó lo que significaba aquello. Impuesto de lo que ocurría, decidió acudir en ayuda de los desdichados habitantes de Galaad. Tomó un par de bueyes, los cortó en pedazos y los envió por todo el país, haciendo pregonar: “Así se hará con los bueyes de todos aquellos que no salieren a guerrear en pos de Saúl y en pos de Samuel”. El pueblo se conmovió y al poco tiempo se juntó en torno de Saúl un gran ejército. Al frente de éste cayó Saúl repentinamente sobre los amonitas, los derrotó y libró a los habitantes de Jabes. Después de esta victoria, todos los israelitas reconocieron con júbilo la autoridad de Saúl y organizaron una solemne fiesta en Gilgal en honor de su ascensión al trono. En esta ocasión Samuel se despidió cordialmente del pueblo que tanto tiempo administrara. “Atestiguad contra mi delante de Adonai y delante de su ungido – habló el encanecido profeta al pueblo – si he tomado el buey de alguno, o si he tomado el asno de alguno, o si he calumniado a alguien, o si he agraviado a alguno, o si a alguien he tomado cohecho”. Y el pueblo clamó: “Nunca nos has calumniado, ni agraviado, ni has tomado algo de mano de ningún hombre”. A continuación Samuel pronunció un discurso en el que aconsejó al rey y al pueblo cumplir las leyes de Adonai. El anciano profeta prometió que también en lo sucesivo rogaría a D’s por el pueblo y seguiría siendo su jefe espiritual.